Era el ventiuno de octubre y eran las seis de la noche. Anita estaba esperando a su esposo Sanil, porque era el día festivo de “Kurva Cauth”—una costumbre india donde las mujeres casadas no comían por todo el día hasta que las veían la luna. Este acción simbolizaba su sacrifico para asegurar una vida larga para sus esposos. Porque era una noche nebulosa y Sanil no regresaba de su tiempo corriente, Anita estaba muy aprehensiva. Ella mantuvo un ritmo rápido y no paró de morder las uñas.
De tal forma ella pasó muchas horas hasta que oyó una voz.
“¿Por qué te preocupas?” le preguntó.
“¿Quién habló?” dijo Anita atónita. Ella miró todos sus alrededores pero nadie le encontró. Para esconder el temblor que su cuerpo estaba sufriendo, le preguntó otra vez. “¿Quién está?”
“Aquí, aquí. ¡Ven aquí! Soy yo, la luna.”
“No, ¡es imposible!” Ella respondió. Al este momento, ella pensó que iba a enloquecar. “La luna no puede hablar. ¡No me digas mentiras, desconocido! Sé artes marciales.”
“Ay, humano, no digo mentiras, ven aquí. Ven mi cara. Soy la luna.”
A regañandientes, Anita mira al cielo y a su sorpresa, allí estaba la luna con dos ojos, una boca, un nariz, y dos orejas. “¡Ay caramba!” ella exclamó.
“Ay, no hables tan alto por favor, no quiero que otras nos vean y sepan de mi secreto.”
“¿Y por qué no?”
“Por qué los humanos son muy ingenuos y van a creer que porque yo hablo, tu raiz no es la solo población inteligente del universo.”
“Y tu sabes lo que es verdad, ¿no?”
“Lo siento, chica, no puedo decirte esto. Pero tú me puedes preguntar por otras cosas.”
Esta historia será continuado más pronto…
miércoles, 31 de diciembre de 2008
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